Lo que la inteligencia artificial no puede hacer por ti — y por qué eso importa más de lo que el sector admite
Cuando me puse a analizar el acuerdo de AXA con Correos quise hacerlo desde la perspectiva humana y no tanto desde la estricta de negocio. Obviamente ambas empresas estarán poniendo todos los recursos necesarios para que se cumplan los objetivos económicos.
A una semana de escribir mi artículo en LinkedIn y en mi espacio editorial El seguro que viene, ayudado en la búsqueda de fuentes y de datos por mi agente IA, no me podía imaginar que llegase a tener 8.802 impresiones, 871 visualizaciones del artículo y 70 interacciones.
Los datos demuestran que el asunto es de interés, al menos en su vertiente social y humana. Y por esta razón he decidido escribir más sobre el tema.
Creo que AXA y Correos, con su plan, están recuperando en clave actual la figura del agente de pueblo en zonas rurales perdidas de la geografía española.
He preparado tres artículos —Tecnología sin alma, Los territorios olvidados y ¿Puede el seguro salvar un pueblo?— abordando la dicotomía IA vs. factor humano, una visión de las otras regiones vaciadas de Italia, Portugal, Francia y Alemania, para terminar con una conclusión de convertir una acción humana en fuente de negocio por perseverancia y visión a largo plazo.
Apreciado lector, te animo a leer estos tres artículos.
La inteligencia artificial puede leer una póliza en milisegundos, calcular el riesgo de ochocientas variables simultáneas y responder a una reclamación antes de que el cliente termine de escribir el asunto del correo. Lo que no puede hacer es mirar a los ojos a alguien que acaba de perderlo todo y saber exactamente cuánto silencio necesita antes de hablar.
Hay una confusión que recorre el sector asegurador desde hace una década, y conviene nombrarla con claridad: la confusión entre eficiencia y valor. Son cosas distintas. Pueden coincidir. Muchas veces no coinciden. Y cuando no coinciden en el negocio del seguro, el coste no lo paga la cuenta de resultados —lo paga el cliente.
La inteligencia artificial ha traído ganancias de eficiencia extraordinarias. Procesamiento de siniestros, detección de fraude, personalización de tarifas, automatización de procesos administrativos: son avances reales, mensurables, y el sector ha hecho bien en adoptarlos. La discusión no es si la tecnología sirve. Sirve. La discusión es si sirve para todo.
No existe ningún modelo de lenguaje entrenado con cien mil millones de parámetros que pueda sustituir lo que ocurre cuando una persona mira a otra a los ojos y dice: «Yo me encargo.»
Esa frase no es retórica. Es una hipótesis que se puede contrastar con datos, con experiencias de cliente y con la evidencia acumulada de décadas de investigación en comportamiento económico y psicología del consumidor. Y la evidencia dice, de forma consistente, que la confianza —la confianza real, la que mueve a las personas a firmar un contrato de protección con alguien que no conocen— se construye en el espacio interpersonal. No en el espacio digital.
Antes de argumentar lo que la IA no puede hacer, es necesario decir con honestidad lo que sí hace. Un sistema de inteligencia artificial bien entrenado puede analizar el perfil de riesgo de un conductor con centenares de variables —tipo de vía, hora, clima, historial— con una precisión que ningún actuario humano podría igualar en el mismo tiempo. Puede procesar una reclamación de hogar, cruzarla con imágenes de satélite y pedir un peritaje en tiempo real. Puede responder a las dudas de un cliente a las tres de la madrugada con la misma precisión que a las diez de la mañana.
Eso es real. No es marketing. Y el sector que ignore estas capacidades estará, en diez años, tan fuera de lugar como la agencia de viajes que ignoró internet en el año 2000.
Pero hay algo que los modelos de lenguaje, los sistemas expertos y los algoritmos de aprendizaje automático no han conseguido en ningún laboratorio del mundo, por más que se haya intentado: generar confianza interpersonal. No simularla. Generarla.
El gran oxímoron del sector insurtech de los últimos años es que, mientras prometía personalización radical, producía experiencias que el cliente percibía como impersonales. El algoritmo sabía exactamente cuántos kilómetros conducías, qué tipo de curvas tomabas a qué velocidad y cuántas noches tu coche dormía fuera del garaje. Y aun así, cuando llamabas con un problema, sentías que hablabas con nadie.
La paradoja no es accidental. Es estructural. La personalización basada en datos opera sobre comportamientos observados. La confianza opera sobre intenciones percibidas. Y las intenciones de otra persona —si me va a ayudar de verdad, si entiende mi situación, si va a estar cuando lo necesite— no se detectan en un dataset. Se perciben en un intercambio humano.
El sistema sabía todo sobre el cliente. Y el cliente no confiaba en el sistema.
La investigación en economía del comportamiento lo documenta con consistencia: en decisiones de protección —seguros, salud, pensiones— el factor determinante para la contratación no es la calidad objetiva del producto. Es la percepción de que quien lo ofrece actúa en tu interés. Y esa percepción se forma, en su mayor parte, en el espacio interpersonal: el tono, la escucha, el lenguaje corporal, la pausa antes de responder. Señales que ningún sistema digital ha sabido replicar de forma que el interlocutor no lo detecte.
No son ejemplos teóricos. Son situaciones que cualquier profesional del sector ha vivido, o ha escuchado de clientes, en los últimos cinco años.
Hay una comparación que los defensores de la digitalización total prefieren no hacer explícita. No porque los datos les sean desfavorables en eficiencia —no lo son— sino porque cuando se ponen en paralelo todos los vectores de valor que importan al cliente, el cuadro completo es más matizado de lo que la narrativa tecnológica admite.
| Dimensión de valor | Inteligencia Artificial IA | Agente Humano H |
|---|---|---|
| Velocidad de respuesta | Milisegundos. Disponibilidad 24/7 sin coste marginal. | Minutos u horas. Horario laboral. Variable por carga. |
| Consistencia | Idéntica respuesta en consulta nº1 y nº100.000. | Depende del profesional, su estado y la carga del día. |
| Escalabilidad | Sin límite práctico. Coste por consulta casi cero. | Limitada por número de personas y horas disponibles. |
| Generación de confianza | Funcional para consultas rutinarias. Insuficiente en momentos de alta carga emocional. | Alta cuando el profesional es competente y empático. Irremplazable en momentos críticos. |
| Lectura del contexto emocional | Detección de sentimiento básica. No interpreta subcontexto. | Lectura completa de tono, silencios, contexto vital del cliente. |
| Adaptación cultural y territorial | Limitada al entrenamiento. Sin sensibilidad local nativa. | Total. El agente rural conoce el territorio y sus códigos. |
| Gestión de situaciones atípicas | Derivación al humano cuando sale del árbol de decisión. | Criterio propio, empatía, improvisación guiada. |
| Fidelización a largo plazo | Moderada. El cliente cambia cuando encuentra mejor precio. | Alta cuando hay relación personal. El cliente fideliza a la persona, no al producto. |
| Coste operativo | Muy bajo a escala. Alta inversión inicial. | Variable. Proporcional al volumen de clientes atendidos. |
La conclusión no es que uno sea mejor que el otro en términos absolutos. La conclusión es que son complementarios de forma específica: la IA gana en todo lo que se puede estandarizar. El humano gana en todo lo que requiere criterio, empatía y presencia. El error estratégico es cuando se sustituye el segundo por el primero en los momentos en que no es posible estandarizar.
En el sector asegurador existe el concepto de «momento de la verdad»: el instante en que el cliente descubre si la promesa que contrató se cumple. Ese momento suele coincidir con un siniestro. Y en un siniestro, el cliente no está en un estado racional de comparación de precios. Está asustado, o afligido, o desesperado, o simplemente desbordado por la burocracia que viene después de perder algo.
En ese preciso momento, lo que determina si el cliente renueva, si recomienda y si confía, no es la velocidad del sistema. Es si siente que alguien —una persona— está de su lado.
«La tecnología acelera. La relación humana fideliza.»
Tesis editorial de Insur·Insights · Community of Insurance. El seguro que viene tendrá que elegir dónde pone a cada uno.
No hay ningún dato que contradiga esta afirmación. Las tasas de renovación más altas en el sector siguen concentrándose en los canales con relación personal. Los NPS más altos no los obtienen los pure players digitales —los obtienen las mutualidades y las medianas corredurías con equipos estables y clientes de larga relación. La satisfacción de cliente en siniestros es consistentemente más alta cuando hay un interlocutor humano identificado y accesible.
¿Por qué, entonces, el sector ha invertido la última década apostando mayoritariamente por reducir el contacto humano en nombre de la eficiencia? La respuesta honesta es que la eficiencia se mide. La confianza, mucho menos. Y lo que no se mide, difícilmente entra en una presentación a un consejo de administración.
El acuerdo que abrió esta serie no es solo un caso de distribución en territorios rurales. Es una declaración de posicionamiento estratégico: hay valor económico en el contacto humano, y ese valor no ha desaparecido porque apareciera una app.
La apuesta de AXA no ignora la tecnología. El cartero lleva una PDA. El contrato se suscribe en la nube. Los datos fluyen en tiempo real. Pero la tecnología está al servicio del momento humano, no al revés. El algoritmo no sustituye al cartero. El cartero usa el algoritmo para servir mejor al cliente.
El cartero no está haciendo venta cruzada. Está haciendo algo que el seguro perdió cuando se digitalizó por completo: presencia humana en el momento justo.
Eso es exactamente lo que el sector debería aprender de este modelo: no que la tecnología es mala, sino que tiene un lugar. Y que ese lugar no es el primer plano de la experiencia del cliente en los momentos que más importan.
¿Cuántos momentos de la verdad tiene tu empresa cada año en los que el cliente habla con una máquina cuando necesitaría hablar con una persona? No la respuesta burocrática. La respuesta honesta.
La eficiencia que se gana en esos momentos —segundos de proceso, décimas de coste operativo— tiene un precio. Ese precio se llama confianza. Y la confianza, cuando se pierde, no se recupera con una campaña de marketing. Se recupera, si es que se recupera, con años de comportamiento consistente.
La inteligencia artificial es extraordinaria. Hace cosas que hace diez años eran ciencia ficción. Pero no puede darle la mano a alguien que acaba de enviudar. No puede mirar a los ojos a un agricultor de ochenta años y ganarse su confianza con una taza de café. No puede recorrer ocho kilómetros de pista forestal para llevar un documento que nadie más llevaría.
Eso lo hace el cartero. Y detrás del cartero, ahora, está AXA. Lo cual sugiere que al menos una gran aseguradora ha entendido algo que el resto del sector todavía está debatiendo.
La mayor paradoja de la era de la inteligencia artificial es que su llegada ha hecho más valiosa, no menos, la inteligencia emocional.
En el siguiente artículo de la serie ampliaremos el foco geográfico: la España Vaciada no es un fenómeno exclusivamente español. Italia, Francia, Portugal y Alemania enfrentan versiones del mismo problema. Y en todos esos territorios, el sector asegurador tiene pendiente la misma deuda con sus habitantes.